Dostoievski: El aprendizaje del éxtasis

Vasily Perov, Fiódor M. Dostoievski, 1872
Vasily Perov, Fiódor M. Dostoievski, 1872

Hay autores que prefiguran y dan sentido a una época. De esa estatura es sin duda Fiódor Dostoievski, el escritor que transformó la comprensión y la expresión de la condición humana. Sus logros formales y temáticos y la hondura psicológica de sus personajes anticipan el psicoanálisis y el existencialismo, a Kafka y a Coetzee. Juan Villoro recorre la obra del gran maestro ruso con las herramientas del rigor y la lucidez.

UN DÍA EN LA VIDA

En raras ocasiones una biografía pasa por un momento que condensa el destino. Durante cincuenta y nueve años Fiódor Mijailovich Dostoievski vivió con una intensidad que podría haber hecho interesantes tres o cuatro vidas. Sin embargo, hubo un día en el que todo se definió de otra manera.

El 22 de diciembre de 1849 se abrió la puerta de su celda en la prisión de Pedro y Pablo. El escritor tenía entonces veintiocho años y había sido arrestado por pertenecer al Círculo de Petrashevski (así llamado por las tertulias disidentes que se celebraban en casa de Mijail Petrashevski, intelectual de San Petersburgo que admiraba el socialismo utópico de Charles Fourier). Esa mañana el novelista encararía su principal rito de paso.

Su presencia en la cárcel se explicaba más por la política represiva del Zar que por el carácter del prisionero. Dostoievski no era de los miembros más activos del grupo. Solía guardar largos silencios en la reuniones; detestaba los exabruptos radicales y las ofensas a los evangelios y a la figura de Cristo.

Había llegado ahí movido por su sed de justicia. Tres años antes, su primera novela, Pobre gente, lo encumbró como heraldo de quienes sufrían en las oscuras barriadas de San Petersburgo.

Nada le impresionaba tanto como la condición inhumana en que vivían los siervos. Su padre, el médico Mijail Dostoievski, tenía una propiedad rural provista de un buen número de “almas” a las que no siempre trataba de la mejor manera. De niño, Fiódor había conocido la pobreza extrema en que vivían los campesinos y los crueles castigos a los que eran sometidos.

Una escena se le grabó con fuerza indeleble: la forma en que un cochero fue azotado por una falta menor. Esta imagen regresaría a su mente de múltiples formas. Una de ellas: la célebre escena en que Raskólnikov contempla con azoro a un hombre que azota a un caballo exhausto, incapaz de levantarse del piso. Esa violencia sin utilidad alguna —apalear a una bestia ya destruida— resulta equivalente a la de abusar de quienes ya han sido abusados por la historia.

Dostoievski estaba convencido de que la mejoría de Rusia pasaba por la emancipación de los siervos. Esta certeza, más cercana a una actitud humanitaria que a una ideología política, lo llevó al Círculo de Petrashevski.

En su admirable biografía en cinco tomos de Dostoievski, Joseph Frank define el clima intelectual que dominaba esas reuniones: “El socialismo que entonces acababa de nacer solía ser comparado, incluso por algunos de sus promotores o cabecillas, con el cristianismo, del cual se le consideraba como mero correctivo y versión mejorada, más acorde con el siglo”.

A la distancia, la tertulia de los viernes parece moderada. En 1877, casi tres décadas después de los sucesos, Dostoievski refutó un comentario que desechaba a los petrashevskistas como “delincuentes políticos” y los comparaba con los “decembristas” que años antes habían planeado matar al Zar. En su columna Diario de un escritor aclaró:

Los petrashevskistas eran, en su mayoría, gente que había salido de los centros de enseñanza superior, de las universidades, del Liceo alejandrino, de la Escuela de Jurisprudencia y de los más elevados centros docentes. Había muchos profesores y especialmente muchos científicos.

Los hombres que reinventaban el mundo en casa de Petrashevski en modo alguno conformaban una célula terrorista. Sin embargo, la policía secreta del Zar los consideraba progresivamente amenazantes.

A fines de 1848, Rafael Chernovistov comenzó a ir a las reuniones. Antiguo oficial del ejército, unos diez años mayor que la mayoría de los asistentes, Chernovistov se dedicaba por entonces a buscar oro en Siberia. Usaba una pierna de madera por una amputación sufrida en el campo de batalla. Simpático y exaltado, este colorido personaje tenía los rasgos clásicos del provocador. Se ufanaba de contar con miles de seguidores en la región siberiana dispuestos a sumarse a “la lucha” y proponía asumir la auténtica meta a la que estaban llamados: la revolución.

Dostoievski admiró el lenguaje de Chernovistov, lleno de giros arcaicos, salidos de la Rusia profunda, pero fue el primero en sospechar de él. Su recelo no convenció a nadie, en buena medida porque los demás participantes conocían su temperamento hipernervioso y sus tendencias paranoicas.

Chernovistov no fue el único que quiso radicalizar al grupo. Pronto llegaron otros con consignas incendiarias. Algunos informaban a la policía, exagerando el contenido de las reuniones (también los infiltrados practican la ficción).

Cuando por fin descubrieron que los vigilaban, los aprendices de disidentes reaccionaron de la peor manera, con reuniones secretas que los volvieron más sospechosos. El arresto estaba a la vista.

El 23 de abril de 1849, día de san Jorge, Fiódor y su hermano Mijail, editor y escritor ocasional, fueron detenidos con otros miembros del Círculo. El hermano mayor quedó en libertad. A Fiódor se le atribuyó una peligrosidad más conspicua por “escribir contra el gobierno”.

Aunque la cárcel de Pedro y Pablo era uno de los máximos símbolos del autoritarismo y los presos carecían incluso del derecho a la oscuridad (incesantes lámparas de aceite alumbraban las celdas), Dostoievski le confesaría a su segunda esposa que el arresto lo salvó de la locura. No hubiera soportado seguir en la zozobra de los conspiradores que años después iba a retratar en Los endemoniados.

En el clima persecutorio de 1848 escribe su cuento “La mujer ajena y el marido debajo de la cama”. Aunque narra situaciones domésticas, la historia plantea el tema de la sospecha y la delación. Siempre desconfiados, los personajes tratan de adivinarse sus pensamientos a través de los diálogos.

Cautivo en la prisión de Pedro y Pablo, concibe el relato “El pequeño héroe”, que también trata de verdades avistadas a medias. Un niño sirve de mensajero a los adultos sin comprender sus genuinas intenciones. La historia remite a la propia infancia de Dostoievski, donde los niños no tenían derecho de palabra y los dramas se silenciaban.

La cárcel no representó un tormento mayor para el novelista que en los años de 1848 y 1849 vivía asaltado por temores y vacilaciones. Para alguien acostumbrado a someterse a los desafíos de la libertad y a pagar el peaje de esa búsqueda, la falta de alternativas significó un descanso forzoso.

El 22 de diciembre le deparó una prueba más ardua. La puerta de su celda se abrió a hora imprevista y fue llevado a un patio, con otros veinte detenidos del Círculo de Petrashevski. La temperatura era de veintiún grados bajo cero.

Los presos fueron conducidos a una plaza, donde serían fusilados.

Un pope de la Iglesia ortodoxa llegó a confesarlos y recitó una frase de san Pablo con olor a sentencia penal: “El rescate del pecado es la muerte”.

Dostoievski se negó a hablar con el sacerdote. No quería morir como un pecador. Era una víctima. Sólo uno de sus compañeros aceptó confesarse.

En su biografía de Dostoievski, André Levison repara en un hecho curioso: el sacerdote no llevaba los santos sacramentos; por lo tanto, no estaba en condiciones de ofrecer la comunión. Este detalle sugería que algo anómalo estaba pasando, pero la angustia impidió a las víctimas recordar las minucias del ritual cristiano. Dostoiveski se acercó a un amigo y le contó la trama de “El pequeño héroe”. Ante la proximidad de la muerte, decidió narrar una última historia. Ésa fue su confesión.

Juan Villoro

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Acerca de tapanco

Un peatón que camina entre metáforas, código, sueños...convencido de que un paso, hace la diferencia al andar. Lo que nos resta de Patria, debemos defenderla! Para dejarle algo de sustancia de ella a nuestros hijos, algo de su esencia que nosotros disfrutamos un día a carcajadas...
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