Juan Carlos Onetti, ya no…

JORGE MARTILLO MONSERRATE

Cuando las vidas se cruzan, quedan marcadas. Así ocurrió con el escritor Juan Carlos Onetti, la poeta Idea Vilariño, una de sus amantes, y la periodista María Esther Gilio, quien escribió esa historia de amor. Onetti, uno de los grandes maestros de la literatura hispanoamericana, nació en Montevideo el 1 de julio de 1909.

Desde muy niño leía en un inmenso armario: “Me encerraba en él con mi querido gatito y un libro, dejando una rendija para que entrase un rayo de luz”, recuerda en Un posible Onetti, libro de entrevistas con Ramón Chao. Abandonó los estudios secundarios y trabajó –tanto en su país como en Argentina– en agencias de noticias y publicidad, diarios, revistas y en la biblioteca municipal de Montevideo como director.

En diciembre de 1939 logró publicar su primera novela, El pozo, considerada por Mario Vargas Llosa como el nacimiento de la novela moderna en Hispanoamérica. Pero su producción –cuentos y novelas– permaneció casi desconocida para el gran público hasta 1975 cuando se exilia en España.

Con La vida breve, publicada en 1950, se inicia la saga de Santa María, mítica ciudad habitada por personajes angustiados, marginales y solitarios, atormentados por la frustración y la muerte. Continuó publicando cuentos y novelas como: Para una tumba sin nombre, Juntacadáveres, El astillero, Cuando entonces, etc.

En 1980 obtuvo el premio Miguel de Cervantes y su novela Dejemos hablar al viento recibió el Premio de la Crítica. Pero Onetti, que siempre fue enemigo de los eventos públicos, cuando debía de recibir el premio de manos del rey Juan Carlos, declaró: “Estoy muy preocupado porque tengo que dar un discurso y yo no sé hablar; no sé pronunciar ni una palabra; va a ser una catástrofe. Me gustaría confundirme entre la multitud, esconderme y que nadie me encuentre”.

El uruguayo, en sus últimos diez años, permaneció recluido en su departamento madrileño. Vivía echado en la cama: leía novelas policíacas, escribía –a mano– por la madrugada, fumaba y bebía whisky hasta reventar. Un problema en una de sus piernas fue el principio de vivir así encamado. En 1993 se lo contó al escritor Juan Cruz, quien indagó si sentía nostalgia por la calle y Onetti dijo: “De vez en cuando… pero muy leve”. El cineasta uruguayo Pablo Dotta filmó una entrevista. Durante 15 minutos y 22 segundos, Onetti echado, contesta y fumando.

Cuando ya no importe, publicada un año antes de su muerte, fue su última novela: “Esta vez he tenido, si no de forma totalmente consciente, la sensación de que esto es lo último que voy a escribir. Sería como mi testamento literario”, dijo.

Juan Carlos Onetti murió el 30 de mayo de 1994, 18 años atrás. Fue incinerado, sus cenizas permanecen en Madrid. Onetti se casó cuatro veces: su primera esposa fue su prima carnal María Amalia Onetti. La segunda María Julia Onetti, hermana de la anterior. La tercera, Elisabeth María Pekelhring. La cuarta y última, la violinista Dorothea Muhr.

Ramón Chao al indagar sobre esos familiares amores, Onetti responde: “Muy simple: me enamoré de una y me casé; a los tres años me enamoré de la hermana y me fui con la hermana. Y después hay muchos amoríos, aventuras”. Sobre Onetti siempre pesó una leyenda de bebedor y mujeriego. Una de sus relaciones más legendarias fue con la poeta Idea Vilariño, autora de versos íntimos e intensos. Ella publicó numerosos libros, pero es más conocida por Poemas de amor, de 1957, y dedicado a Juan Carlos Onetti.

Vilariño le contó su historia de amor a María Esther Gilio, quien con Carlos M. Domínguez, escribió la biografía de Onetti: Construcción de la noche, ahí arde esa relación apasionada: “Es el último hombre de quien debí enamorarme… Todavía me pregunto por qué aguanté tanto, por qué volví tantas veces. Nos peleábamos y volvíamos a juntarnos, lo echaba, regresaba. Una noche me llamó desesperado para que fuera a verlo. Yo estaba con alguien que me amaba y lo dejé por ir a pasar una noche con él. Y recuerdo que lo único que hicimos fue ponernos de espalda, leyendo un libro él, y yo otro. A la mañana siguiente le agarré la cara y le dije: sos un burro Onetti, sos un perro, sos una bestia. Y me fui”. Fue una historia de años: de 1950 a 1974. Después no volvieron a encontrarse.

Idea Vilariño nació en 1920, murió en el 2009, 15 años después de Onetti, su burro, su perro, su bestia. Gilio entrevistó muchísimas veces a Onetti. Tantas que su libro Estás acá para creerme reúne 27 años de entrevistas con el escritor. En una de ellas, Onetti minimiza su fama de mujeriego y dice que las mujeres lo abandonan, Gilio le pregunta el porqué y él responde: “No le voy a contar por qué me han dejado, sino lo que pasa cuando me han dejado. Envejecen un año por cada mes”.

En otra entrevista, Onetti entre los versos que la poeta le escribió elige como su favorito a Ya no –también era el preferido de Idea–. La periodista le pregunta cómo sabe que ese poema es para él y responde: “Mijita, en ese periodo de nuestras relaciones todos los poemas de amor eran para mí”. Es cuando Onetti medio ebrio le pide a Gilio –quien al morir en agosto del 2011 fue la última en irse– que se lo lea.

Imagino a Onetti escuchando ese poema, envuelto en humo de cigarrillo y con esos versos clavándose en su pecho oxidado, moribundo: “Ya no será/ ya no/ no viviremos juntos/ no criaré a tu hijo/ no coseré tu ropa/ no te tendré de noche/ no te besaré al irme/ nunca sabrás quién fui/ por qué me amaron otros./ No llegaré a saber/ por qué ni cómo nunca/ ni si era de verdad/ lo que dijiste que era/ ni quién fuiste/ ni qué fui para ti/ ni cómo hubiera sido/ vivir juntos/ querernos/ esperarnos/ estar./ Ya no soy más que yo/ para siempre y tú/ ya/ no serás para mí/ más que tú. Ya no estás/ en un día futuro/ no sabré dónde vives/ con quién/ ni si te acuerdas./ No me abrazarás nunca/ como esa noche/ nunca./ No volveré a tocarte./ No te veré morir”.

Onetti, Vilariño y Gilio, tres tumbas con nombres.

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Acerca de tapanco

Un peatón que camina entre metáforas, código, sueños...convencido de que un paso, hace la diferencia al andar. Lo que nos resta de Patria, debemos defenderla! Para dejarle algo de sustancia de ella a nuestros hijos, algo de su esencia que nosotros disfrutamos un día a carcajadas...
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