José Luis Sampedro, Vivimos en el centro de un gran chantaje

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Es éste un edificio de funcionario distinguido, de cuando aquellos días felices en Argüelles. En lo alto vive José Luis Sampedro, 91 años en canal. El piso mantiene una desnudez de corte ascético, pasillo largo que remata en amplio salón con una claridad que viene del otoño como rastros de luz granizada. En un rincón hay una vieja rueca de la que cuelga una crin de lana. Y donde la casa acaba, incrustado en un sillón de orejas, Sampedro lanza una sonrisa al vuelo y extiende un brazo larguísimo y seco apretando la mano del otro con la araña de los dedos. Lleva casi un siglo a cuestas y conserva la curiosidad intacta. Tiene esqueleto de ciprés de Silos, perfil de caballero andante, Amadís de un mundo remoto que no encuentra lo que busca a este otro lado de la Historia desde el que alenta su protesta. «A mi edad uno se puede permitir decir no a muchas cosas y, sobre todo, al poder, a los que llamamos poderosos, a todo aquello que nome agrada. No soy un polemista profesional, ni me gusta el escándalo. Ahora, cuando me dan la oportunidad digo lo que pienso sin censuras».

A eso hemos venido. Y lo sabe. Se pone en pie Sampedro y es una figura del Greco con el puño en alto. Tiene los huesos por fuera. Cabeza de fraile benedictino. Ojos sostenidos por un hambre de cosas que los empuja a saltar fuera del acuario de las gafas. Perfil de Lytton Strachey, aquel venerable irreverente del grupo de Bloomsbury que fue declarado pintorescamente inútil para las labores militares. Regresa a la crisálida del sillón orejero, a la fotosíntesis del mediodía, y apoya una tablita en los brazos del asiento, una lámina de madera con surcos de bolígrafo que le corta el tronco a la altura del pecho y le improvisa una escribanía, dándole un aire de contable sentado. «Aquí es donde trabajo, apoyando los folios en este invento casero y primitivo», aclara.

Pertenece a un mundo extinguido, aunque no por eso renuncia a interpretar la inclemencia de estos días. Lleva años desarrollando un evangelio laico de agravios contra el feroz capitalismo, ése que está mutando a los seres en ferralla. «Me siento un hombre de otro tiempo. Algo así como un inmigrante que no puede volver a su tierra. Porque soy un inmigrante de otra España, la del 34, la de aquel país que se hundió como una Atlántida. Procedo de allá, de aquel naufragio. Sufrí la Guerra Civil, la posguerra, la dictadura… Pero no he llegado a entrar en este otro mundo de ahora, no, sé que no. Creo en el hombre, aunque no tanto en el mundo. Y estoy muy descontento de la sociedad en que vivo».

Sampedro era en los años 30 un empollón muy atareado en el esfuerzo de opositar a inspector de Aduanas. De niño, en Aranjuez, le llegó el latigazo de la literatura como un eco lejano. «Entonces sólo aspiraba a ser un escritor de segunda. Y pensar en eso ya me hacía feliz ». Destacaba como un chico raro, con una infancia que asistía al espectáculo que es el cruce de mil razas en el perímetro confuso de un zoco, aquel de su infancia tangerina, donde estuvo hasta los 18, con puntuales incursiones en la península. «Nací en Barcelona, en 1917. Un año después, mis padres se trasladaron a Madrid y poco más tarde a Tánger. Aquella ciudad era un espacio fabuloso, una auténtica alianza de civilizaciones, una escuela de tolerancia. Entre medias, mi padre, médico militar, me envió a estudiar a un pueblo de Soria donde vivía una de mis tías. Y eso fue un golpe brutal. Pasé de la permisividad moral de Tánger a la Edad Media de aquel pueblo. De aquel desgarro me salvó un baúl de libros viejos. Ellos fueron mi refugio ante la realidad tan extraña en la que caí».

Y en los libros se quedó para siempre, combinando la letra al vuelo con los números y las grandes expresiones de la macroeconomía. Después del oficio de aduanero se preparó la cátedra de Económicas y, una vez que consiguió la plaza, se mudó a la Universidad Complutense a decir cosas sensatas que sólo por el hecho de serlo sonaban a insurgencia.

Empezó a cimentar su conciencia con un barro contrario al de la dictadura. Trabajó en un banco y entre el flujo de los dineros fue madurando otras ideas que lo llevaban irremediablemente al balandro de la izquierda. En el 47 llevó a la imprenta sus primeros textos teóricos contra las imprecisiones capitalistas. Había nacido otro marxista en el país de todos los errores. Un humanista a su modo que hoy mira alrededor con cierto espanto.

– La crisis

– Ahora, ahora es cuando los fanáticos del mercado se dan cuenta de que esto no se puede sostener. Es algo que llevo años advirtiendo –perdón por la inmodestia– en mis muchos textos teóricos, que ahora salen publicados con el título de Economía humanista, en la editorial Debate. No quiero decir que sea contrario al mercado, ni mucho menos. Pero sí lo soy a una sociedad mercantilizada como la nuestra. Aquí se mercantilizan hasta los afectos. Estamos entrando en un periodo de barbarie, como el que se daba en los últimos años del hundimiento del Imperio Romano. Y tenemos a los bárbaros dentro. Eso ha provocado una sociedad impulsada por el miedo. ¿No querían globalización? Pues esto es: el sistema de desarrollo resulta insostenible. Vivimos en el centro de un gran chantaje.

La conversación avanza lentamente, con la aleta caudal de la lucidez como guía. Sampedro adquiere una dimensión de caminante de Giacometti cabreado. O quizá algo más remoto, un camafeo pálido de las islas Cícladas venido a más, delgado como un mixto que fuera arder en el vértigo entre dos frases.

– Esta crisis no sólo es financiera. También lo es de liderazgo. Repase las figuras políticas que había en los años 40 y 50: Churchill, Stalin,Mao, Adenauer… Cada cual con lo suyo, claro. Y ahora qué: pues un Berlusconi, enredado en un montón de causas judiciales; o un Sarkozy, que es el paradigma del adolescente hiperactivo, siempre a lo que salta. Por no hablar de Bush… Personajes todos de segunda clase. ¿Qué podemos esperar?

El anarquista ético que mueve el pistón ideológico de José Luis Sampedro ha entrado en erupción contra la hipocresía florentina de la política actual. Es vivo, audaz y narrativo. Tampoco la izquierda se salva de su botafumeiro de agravios y decepciones: «Si es que no reacciona. La izquierda vive una crisis enorme de la que parece incapaz de salir desde hace años. ¿Adónde llegará? Afortunadamente, la sociedad está muy por delante de sus políticos, de todos. Es el ciudadano el que se mueve, el que está alerta. Menosmal».

No sabemos bien, en este exacto instante, dónde empieza el escritor y dónde acaba el economista. Tampoco importa. El sabio de la tribu está cordialísimo y memorioso. Se engrasa la capacidad de indignación con una friega de sonrisas y un festín de huesos como alabardas que lanza al aire para sujetarse las gafas o para lo que sea.

Después de muchos años vestido de profesor, inauguró los años 80 con un librazo, Otoño otoño, que le quitó ceniza docente para untarle brillos de novelista. Ahora sí. Después vino el pelotazo de La sonrisa etrusca. Y desde entonces empezó a figurar. Pero el campanazo urticante fue el de El amante lesbiano. «Por esta novela hubo quien me retiró la palabra. Era un canto a la libertad, una reacción a tanta represión social», dice. Irrumpió tarde en el mundo editorial, pero es como si eso fuera tiempo que ha ganado.

– La literatura.

– La razón que me ha llevado a escribir es el no poder evitarlo. Nureyev, el bailarín, decía a los jóvenes que si podían evitasen la danza. Es decir, que sólo se dedicaran a ella cuando no tuvieran más remedio. Pues eso me pasa a mí con la escritura, me resulta irremediable.

– Escribir es vivir…

– Y escribir es tolerar. En eso soy muy poco occidental. Porque el nuestro es un sistema predatorio, de transformar el mundo a costa de lo que sea, de adaptarlo a nosotros. Y yo prefiero adaptarme a él, como los chinos taoístas. Así estoy a mis noventa y tantos.

Hasta la voz le llega un suave ronquerío, un aire varado entre el esternón y el alma. Olga, su mujer, trae un libro y la conversación es ya un triángulo. José Luis Sampedro se pone de nuevo en pie. Bronce de Giacometti o ciprés, decíamos antes, envuelto en un jersey de lana.

Por Antonio Lucas

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Acerca de tapanco

Un peatón que camina entre metáforas, código, sueños...convencido de que un paso, hace la diferencia al andar. Lo que nos resta de Patria, debemos defenderla! Para dejarle algo de sustancia de ella a nuestros hijos, algo de su esencia que nosotros disfrutamos un día a carcajadas...
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