Augusto Cesar Sandino y Túpac Amaru…Los invasores lo llaman bandido :)

Prohibido ser patria


Bajo su sombrero aludo, ni se ve.
Desde 1926, una pulga llamada Augusto César Sandino está volviendo loco
al gigante invasor.
Miles de marines llevan años en Nicaragua, pero la pesada máquina militar
de los Estados Unidos no consigue aplastar al saltarín ejército de los campesinos
patriotas.
—Dios y las montañas son nuestros aliados —dice Sandino.
Y dice que Nicaragua y él tienen, además, la buena suerte de padecer
latinoamericanitis aguda.
Sandino cuenta con dos secretarios, dos brazos derechos: uno es
salvadoreño, Agustín Farabundo Martí, y el otro hondureño, José Esteban
Pavletich. El general Manuel María Girón Ruano, guatemalteco, es el único que
entiende el cañoncito llamado la Chula, que en sus manos es capaz de voltear
aviones. En batalla han ganado posiciones de mando José León Díaz,
salvadoreño, Manuel González, hondureño, el venezolano Carlos Aponte, el
mexicano José de Paredes, el dominicano Gregorio Urbano Gilbert y los
colombianos Alfonso Alexander y Rubén Ardila Gómez.
Los invasores llaman bandido a Sandino.
Él les agradece el chiste:
—¿Así que era bandido George Washington, que peleaba por lo mismo?
Y les agradece las donaciones: los rifles Browning, las ametralladoras
Thompson y todas las armas y municiones que abandonan en sus valientes
huidas.

Resurrección de Sandino
En 1933, los marines, humillados, se fueron de Nicaragua.
Se fueron, pero se quedaron. En su lugar, dejaron a Anastasio Somoza y a
sus soldados, entrenados por los invasores para ejercer la suplencia.
Y Sandino, victorioso en la guerra, en la traición fue derrotado.
En 1934, cayó en una emboscada. Por la espalda tenía que ser.
—A la muerte no hay que tomarla en serio —gustaba decir—. No es más que un
momentito de disgusto.

Resurrección de Túpac Amaru


Túpac Amaru había sido el último rey de los incas, que durante cuarenta
años había peleado en las montañas del Perú. En 1572, cuando el sable del
verdugo le partió el pescuezo, los profetas indios anunciaron que alguna vez la
cabeza se juntaría con el cuerpo.
Y se juntó. Dos siglos después, José Gabriel Condorcanqui encontró el
nombre que lo estaba esperando. Convertido en Túpac Amaru, él encabezó la
más numerosa y peligrosa rebelión indígena en toda la historia de las Américas.
Ardieron los Andes. Desde la cordillera hasta la mar se alzaron las víctimas
del trabajo forzado en las minas, las haciendas y los talleres. De victoria en
victoria, amenazaban el menú colonial los sublevados que avanzaban, a paso
imparable, vadeando ríos, trepando montañas, atravesando valles, pueblo tras
pueblo. Y a punto estuvieron de conquistar el Cuzco.
La ciudad sagrada, el corazón del poder, estaba ahí: desde las cumbres se
veía, se tocaba.
Habían pasado dieciocho siglos y medio, y se repetía la historia de
Espartaco, que tuvo a Roma al alcance de la mano. Y tampoco Túpac Amaru se
decidió a atacar. Tropas indias, al mando de un cacique vendido, defendían el Cuzco, ciudad sitiada, y él no mataba indios: eso no, eso nunca. Bien sabía que
era necesario, que no había otra, pero…
Mientras él dudaba, que sí, que no, que quién sabe, pasaron los días y las
noches y los soldados españoles, muchos, bien armados, iban llegando desde
Lima.
En vano le enviaba desesperados mensajes su mujer, Micaela Bastidas, que
comandaba la retaguardia:
—Tú me has de acabar de pesadumbres…
—Yo ya no tengo paciencia para aguantar todo esto…
—Bastantes advertencias te di…
—Si tú quieres nuestra ruina, puedes echarte a dormir.
En 1781, el jefe rebelde entro en el Cuzco. Entró encadenado, apedreado,
insultado.

Lluvia
En la cámara de torturas, lo interrogó el enviado del rey.
—¿Quiénes son tus cómplices? —le preguntó
Y Tupac Amaru contestó:
—Aquí no hay más cómplices que tú y yo. Tú por opresor y yo por libertador,
merecemos la muerte.
Fue condenado a morir descuartizado. Lo ataron a cuatro caballos, brazos y
piernas en cruz, y no se partió. Las espuelas desgarraban los vientres de los
caballos, que en vano pujaban, y no se partió.
Hubo que recurrir al hacha del verdugo.
Era un mediodía de sol feroz, tiempo de larga sequía en el valle del Cuzco,
pero el cielo fue negro de pronto y se rompió y descargó una lluvia de esas que
ahogan al mundo.
También fueron descuartizados los otros jefes y jefas rebeldes, Micaela
Bastidas, Tûpac Catari, Bartolina Sisa, Gregoria Apaza… Y sus pedazos fueron
paseados por los pueblos que habían sublevado, y fueron quemados, y sus
cenizas arrojadas al aire, para que de ellos no quede memoria.

Eduardo Galeano, Espejos

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Acerca de tapanco

Un peatón que camina entre metáforas, código, sueños...convencido de que un paso, hace la diferencia al andar. Lo que nos resta de Patria, debemos defenderla! Para dejarle algo de sustancia de ella a nuestros hijos, algo de su esencia que nosotros disfrutamos un día a carcajadas...
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