Los frailes de las minas brasileñas y el Papa Francisco…

1701

Ouro Preto

Artes malabares

 

El cerro de plata de Potosí no es un espejismo, ni contienen sólo delirio y tinieblas los hondos socavones de México; y los ríos del centro del Brasil duermen en lechos de oro de verdad. El oro del Brasil se adjudica por sorteos o puñaladas, a suerte o a muerte. Ganan inmensas fortunas quienes no pierden la vida, aunque el rey portugués se queda con la quinta parte de todo. La quinta parte, al fin y al cabo, es un decir. Mucho, mucho oro se fuga de contrabando y eso no se evita ni poniendo tantos guardias como árboles hay en los tupidos bosques de la región.

Los frailes de las minas brasileñas dedican más tiempo a traficar oro que a salvar almas. Los santos de madera hueca sirven de envases para tales menesteres. Lejos, en la costa, el monje Roberto falsifica cuños como quien reza rosarios, y así lucen el sello de la corona las barras de oro mal habidas. Roberto, monje benedictino del convento de Sorocaba, ha fabricado también una llave todopoderosa, que derrota a cualquier cerradura.

1703

Lisboa

El oro, pasajero en tránsito

Hace un par de años, el gobernador general del Brasil lanzó profecías tan certeras como inútiles. Desde Bahía, Joao de Lencastre advirtió al rey de Portugal que las hordas de aventureros convertirían la región minera en santuario de criminales y vagabundos; y sobre todo le anunció otro peligro mucho más grave: a Portugal podría ocurrirle, con el oro, lo mismo que a España, que tan pronto como recibe su plata de América le dice adiós con lágrimas en los ojos. El oro brasileño podría entrar por la bahía de Lisboa y seguir viaje por el río Tajo, sin detenerse en suelo portugués, rumbo a Inglaterra, Francia, Holanda, Alemania…

Como haciendo eco a la voz del gobernador, se firma el tratado de Methuen.

Portugal pagará con oro del Brasil las telas inglesas. Con oro del Brasil, colonia ajena, Inglaterra dará tremendo impulso a su desarrollo industrial.

1714

Ouro Preto

El médico de las minas

Este médico no cree en drogas ni en los carísimos polvitos venidos de

Portugal. Desconfía de las sangrías y las purgas y poco caso hace del patriarca Galeno y sus tablas de la ley. Luis Gomes Ferreira aconseja a sus pacientes un baño por día, lo que en Europa sería claro signo de herejía o de locura, y receta hierbas y raíces de la región. Muchas vidas ha salvado el doctor Ferreira, gracias al sentido común y a la antigua experiencia de los indios y con la ayuda de la moza blanca, aguardiente de caña que resucita moribundos.

Poco o nada puede hacer, sin embargo, contra la costumbre de los mineros que gustan despanzurrarse mutuamente a bala o a cuchillo. Aquí toda fortuna es gloria de un ratito y más vale el taimado que el valiente. No hay ciencia que valga en la guerra implacable por la conquista del barro negro que esconde soles adentro.

Andaba buscando oro el capitán Tomás de Souza, tesorero del rey, y encontró plomo. El médico no pudo hacer más que la señal de la cruz. Todo el mundo creía que el capitán tenía guardada una tonelada de oro, pero los acreedores sólo encontraron unos pocos esclavos para repartir.

Rara vez el médico atiende a un enfermo negro. En las minas brasileñas, el esclavo se usa y se tira. En vano el doctor Ferreira recomienda a los amos un trato más cuidadoso, que así están pecando contra Dios y contra sus propios intereses.

En los lavaderos de oro y en las galerías subterráneas no hay negro que dure diez años, pero un puñado de oro compra un niño nuevo, que vale tanto como un puñado de sal o un cerdo entero.

1714

Vila Nova do Príncipe

Jacinta

Ella consagra la tierra que pisa. Jacinta de Siqueira, africana del Brasil, es la fundadora de esta villa del Príncipe y de las minas de oro en los barrancos de Quatro Vintens. Mujer negra, mujer verde, Jacinta se abre y se cierra como planta carnicera tragando hombres y pariendo hijos de todos los colores, en este mund sin mapa todavía. Avanza Jacinta, rompiendo selva, a la cabeza de los facinerosos que vienen a lomo de mula, descalzos, armados de viejos fusiles, y que al entrar en la mina dejan la conciencia colgada de una rama o enterrada en una ciénaga:

Jacinta, nacida en Angola, esclava en Bahía, madre del oro de Minas Gerais.

1792

Río de Janeiro

Los conjurados del Brasil

Hace apenas medio siglo se creía que las minas del Brasil durarían tanto como el mundo, pero cada vez hay menos oro y menos diamantes y cada vez pesan más los tributos que es preciso pagar a la reina de Portugal y a su corte de parásitos.

Desde allá envían muchos voraces burócratas y ni un solo técnico en minería.

Desde allá impiden que los telares de algodón tejan otra cosa que ropa de esclavos y desde allá prohíben la explotación del hierro, que yace al alcance de la mano, y prohíben la fabricación de pólvora.

Para romper con Europa, que nos chupa como esponja, conspiró un puñado de señores. Dueños de minas y haciendas, frailes, poetas, doctores, contrabandistas de larga experiencia, organizaron hace tres años un alzamiento que se proponía convertir esta colonia en república independiente, donde fueran libres los negros y mulatos en ella nacidos y todo el mundo vistiera ropa nacional.

Antes de que sonara el primer tiro de mosquete, hablaron los delatores. El gobernador apresó a los conjurados de Ouro Preto. Bajo tormento, confesaron; y se acusaron entre sí con pelos y señales. Basílio de Britto Malheiro se disculpó explicando que quien tiene la desgracia de nacer en Brasil copia malas costumbres de negros, mulatos, indios y otra gente ridícula. Claudio Manuel da Costa, el más ilustre de los prisioneros, se ahorcó en la celda, o fue ahorcado, por no confesar o por confesar en demasía.

Hubo un hombre que calló. El alférez Joaquim José da Silva Xavier, llamado Tiradentes, Sacamuelas, sólo habló para decir:

—Yo soy el único responsable.

1808

Río de Janeiro

Se prohíbe quemar al Judas

Por voluntad del príncipe portugués, recién llegado al Brasil, queda prohibida en esta colonia la tradicional quema de los Judas en Semana Santa. Por vengar a Cristo y vengarse, el pueblo arrojaba al fuego, una noche por año, al mariscal y al arzobispo, al rico mercader, al gran terrateniente y al comandante de la policía; y gozaban los desnudos viendo cómo los muñecos de trapo, ataviados de gran lujo y rellenos de cohetes, se retorcían de dolor y estallaban entre las llamas.

Desde ahora, ni en Semana Santa sufrirán los poderosos. La familia real, que acaba de venir de Lisboa, exige silencio y respeto. Un barco inglés ha rescatado al príncipe portugués con toda su corte y su joyería, y lo ha traído a estas lejanas tierras.

La eficaz maniobra pone a la dinastía portuguesa a salvo de la embestida de Napoleón Bonaparte, que ha invadido España y Portugal, y brinda a Inglaterra un eficaz centro de operaciones en América. Los ingleses han sufrido tremenda paliza en el río de la Plata.

Expulsados de Buenos Aires y Montevideo, penetran ahora por Río de Janeiro, a través del más incondicional de sus aliados….

 Eduardo Galeano

Memoria del fuego II

Las caras y las máscaras.

 

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Acerca de tapanco

Un peatón que camina entre metáforas, código, sueños...convencido de que un paso, hace la diferencia al andar. Lo que nos resta de Patria, debemos defenderla! Para dejarle algo de sustancia de ella a nuestros hijos, algo de su esencia que nosotros disfrutamos un día a carcajadas...
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