Independencia?: Ahora los Estados Unidos tienen todo México en el plato…

                                        1795

Quito

    Espejo

Pasó por la historia cortando y creando.

Escribió las más afiladas palabras contra el régimen colonial y sus métodos de educación, una educación de esclavos, y destripó el ampuloso estilo de los retóricos de Quito. Clavó sus diatribas en puertas de iglesias y esquinas principales, para que se multiplicaran después, de boca en boca, porque escribiendo de anónimo podía muy bien quitar la máscara a los falsos sabios y hacer que parecieran en el traje de su verdadera y natural ignorancia.

Predicó el gobierno de América por los nacidos en ella. Propuso que el grito de independencia resonara, a la vez, en todos los virreinatos y audiencias, y que se unieran las colonias, para hacerse patrias, bajo gobiernos democráticos y republicanos.

Era hijo de indio. Recibió al nacer el nombre de Chusig, que significa lechuza.

Para tener título de médico, decidió llamarse Francisco Javier Eugenio de Santa Cruz y Espejo, nombre que suena a linaje largo, y así pudo practicar y difundir sus descubrimientos contra la viruela y otras pestes.

Fundó, dirigió y escribió de cabo a rabo Primicias de la Cultura, el primer periódico de Quito. Fue director de la biblioteca pública. Jamás le pagaron el sueldo.

Acusado de crímenes contra el rey y contra Dios, Espejo fue encerrado en celda inmunda. Allí murió, de cárcel; y con el último aliento suplicó el perdón de sus acreedores.

La ciudad de Quito no registra en el libro de gentes principales el fin de este precursor de la independencia hispanoamericana, que ha sido el más brillante de sus hijos.

1810

Guadalajara

Hidalgo

Todo el mundo sabía, en el pueblo de Dolores, que el cura Hidalgo tenía la mala costumbre de leer mientras caminaba por las calles, las grandes alas del sombrero entre el sol y las páginas, y que de puro milagro no lo atropellaban los caballos o la Inquisición, porque más peligroso que leer era leer lo que leía. A paso lento atravesaba el cura la neblina de polvo de las calles de Dolores, siempre con algún libro francés tapándole la cara, uno de esos libros que hablan de contrato social y derechos del hombre y libertades del ciudadano; y si no saludaba era por sed de ilustración y no por bruto.

El cura Hidalgo se alzó, junto a los veinte indios que con él hacían cuencos y vasijas, y al cabo de una semana fueron cincuenta mil. Entonces lo embistió la Inquisición. El Santo Oficio de México lo ha declarado hereje, apóstata de la religión, negador de la virginidad de María, materialista, libertino, abogado de la fornicación, sedicioso, cismático y sectario de la libertad francesa.

La Virgen de Guadalupe invade Guadalajara, a la cabeza del ejército insurgente. Miguel Hidalgo manda retirar de las paredes el retrato del rey Fernando y responde a la Inquisición decretando la abolición de la esclavitud, la confiscación de los bienes de los europeos, el fin de los tributos que pagan los indios y la devolución de las tierras de cultivo que les han usurpado.

1847

Ciudad de México

 La conquista

—México centellea ante nuestros ojos —se había deslumbrado el presidente Adams, al despuntar el siglo.

Al primer mordiscón, México perdió Texas.

Ahora los Estados Unidos tienen todo México en el plato.

El general Santa Anna, sabio en retiradas, huye hacia el sur, dejando un reguero de espadas y cadáveres en las zanjas. De derrota en derrota, retrocede su ejército de soldados sangrantes, mal comidos, jamás pagados, y junto a ellos los antiguos cañones arrastrados por mulas, y tras ellos la caravana de mujeres que cargan en canastas hijos, harapos y tortillas. El ejército del general Santa Anna, con más oficiales que soldados, sólo es eficaz para matar compatriotas pobres.

En el castillo de Chapultepec, los cadetes mexicanos, casi niños, no se rinden. Resisten el bombardeo con una obstinación que no viene de la esperanza. Sobre sus cuerpos se desploman las piedras. Entre las piedras, los vencedores clavan la bandera de las barras y las estrellas, que se eleva, desde el humo, sobre el vasto valle.

Los conquistadores entran en la capital. La ciudad de México: ocho ingenieros,

dos mil frailes, dos mil quinientos abogados, veinte mil mendigos. El pueblo, encogido, gruñe. Desde las azoteas, llueven piedras.

1840

Ciudad de México

   Mascarada

Los modistos y peluqueros franceses de la ciudad de México andan corriendo

sin parar, de casa en casa, de dama en dama. En el gran baile a beneficio de los

pobres, ¿quién será la más elegante? ¿Qué belleza prevalecerá?

Madame Calderón de la Barca, esposa del embajador de España, se prueba el vestido nacional mexicano, el traje típico del valle de Puebla. Alegría del espejo que recibe la imagen: blanca blusa de randas y encajes, falda roja, fulgor de lentejuelas sobre las enaguas bordadas. Madame Calderón se ciñe al talle, en mil vueltas, la faja de colores, y se peina con raya al medio, uniendo las trenzas con un anillo.

Toda la ciudad se entera. Se reúne el Consejo de ministros para conjurar el peligro. Tres ministros —Relaciones Exteriores, Gobernación y Guerra— se presentan en casa del embajador y le formulan oficial advertencia. Las señoras principales no se lo pueden creer: desvanecimientos, sales, vientos de abanico:

¡tan digna dama, tan indignamente vestida! ¡Y en público! Los amigos aconsejan, el cuerpo diplomático presiona: cuidado, evitad el escándalo, tales ropas son propias de mujeres de reputación dudosa.

Madame Calderón de la Barca renuncia al traje nacional. No irá al baile vestida de mexicana. Lucirá ropas de campesina italiana del Lazio. Una de las patrocinadoras de la fiesta acudirá ataviada de reina de Escocia. Otras damas serán cortesanas francesas o campesinas suizas, inglesas o aragonesas, o se envolverán en extravagantes velos de Turquía. .

Navegará la música en un mar de perlas y brillantes. Se bailará sin gracia: no por culpa de los pies sino de los zapatos, tan minúsculos y atormentadores.

1879

Ciudad de México

  Los socialistas y los indios

Causa pena decirlo, pero es preciso. El coronel Alberto Santa Fe denuncia desde la prisión de Tlatelolco: los indios eran más dichosos bajo el dominio español.

Hoy se les llama pomposamente libres y son esclavos.

Según el socialista Santa Fe, que ha desatado la insurrección de los indios del valle de Texmelucan, los males de México vienen de la miseria del pueblo, que a su vez viene del acaparamiento de la tierra en pocas manos y de la falta de industria nacional, porque todo nos viene del extranjero pudiendo hacerlo nosotros. Y se pregunta; ¿Debemos preferir perder la independencia y ser una colonia norteamericana, o variar la organización social que nos ha arruinado?

Desde el periódico «El Socialista», Juan de Mata Rivera también proclama que mejor estaban los indios en la colonia, y exige que les devuelvan sus tierras: no hay ley que otorgue derecho a los ladrones sobre los frutos de la violencia y la infamia.

Al mismo tiempo, los campesinos de Sierra Gorda difunden su plan socialista.

Acusan al latifundio despojador, raíz de toda desgracia, y a los gobiernos que han puesto a los indios al servicio de los terratenientes. Proponen que se declaren pueblos las haciendas, restituyendo la propiedad comunitaria de tierras de labranza, aguas, montes y pasturas.

1885

Ciudad de México

«Todo es de todos»,

dice Teodoro Flores, indio mixteco, héroe de tres guerras.

—¡Repítanlo!

Y los hijos repiten: Todo es de todos:  Teodoro Flores ha defendido a México contra los norteamericanos, los conservadores y los franceses. El presidente Juárez le dio por premio tres fincas, con buena tierra. Él no aceptó.

—La tierra, el agua, los bosques, las casas, los bueyes, las cosechas. De todos ¡Repítanlo!

Y los hijos repiten.

Abierta al cielo, la azotea está casi a salvo del olor a mierda y a fritanga, y hay casi silencio. Aquí se puede tomar el fresco y conversar, mientras en el patio de abajo los hombres disputan una hembra a cuchilladas, alguien llama a gritos a la Virgen y los perros aúllan trayendo muerte.

—Cuéntenos de la sierra —pide el hijo menor.

Y el padre cuenta cómo se vive en Teotitlán del Camino. Allí trabajan los que pueden y se reparte a cada cual lo que necesita. Está prohibido que nadie tome más de lo que necesita. Eso es delito grave. En la sierra se castigan los delitos con silencio, desprecio o expulsión. Fue el presidente Juárez quien llevó la cárcel, que allá no se conocía. Juárez llevó jueces y títulos de propiedad y mandó dividir la tierra común:

—Pero nosotros no hicimos caso a los papeles que nos dio.

Teodoro Flores tenía quince años cuando aprendió la lengua castellana. Ahora quiere que sus hijos se hagan abogados, para defender a los indios de las artimañas de los doctores. Por eso los trajo a la capital, a esta pocilga estrepitosa, a malvivir amontonados entre hampones y mendigos.

—Lo que Dios creó y lo que el hombre crea. Todo es de todos ¡Repítanlo!      Noche tras noche, los niños lo escuchan hasta que los voltea el sueño.      —Nacemos todos iguales, encueraditos. Somos todos hermanos ¡Repítanlo!

1895

Campamento de Dos Ríos

  El testamento de Martí

En el campamento, en mangas de camisa, Martí escribe una carta al mexicano Manuel Mercado, su amigo entrañable. Le cuenta que todos los días corre peligro su vida, y que bien vale la pena darla por su país y por mi deber de impedir a tiempo, con la independencia de Cuba, que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso. En silencio ha tenido que ser… Derramando sangre, escribe Martí, los cubanos están impidiendo la anexión de los pueblos de nuestra América al Norte revuelto y brutal que los desprecia… Viví en el monstruo y le conozco las entrañas —y mi honda es la de David. Y más adelante: Esto es muerte o vida, y no cabe errar.

Después, cambia de tono. Tiene otras cosas que contar: Y ahora, le hablaré de mí. Pero la noche lo para, o quizás el pudor, no bien empieza a ofrecer a su amigo esos adentros del alma. Hay afectos de tan delicada honestidad… escribe, y eso es lo último que escribe.

Al mediodía siguiente, una bala lo voltea del caballo.

Eduardo Galeano, Espejos

Memorias de Fuego

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Acerca de tapanco

Un peatón que camina entre metáforas, código, sueños...convencido de que un paso, hace la diferencia al andar. Lo que nos resta de Patria, debemos defenderla! Para dejarle algo de sustancia de ella a nuestros hijos, algo de su esencia que nosotros disfrutamos un día a carcajadas...
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