John D. Rockefeller «Dejad que el petróleo venga hacia mí

 La Creación según John D. Rockefeller

  1882

 Nueva York

En el principio hice la luz con farol de queroseno. Y las tinieblas, que se burlaban de las velas de sebo o de esperma, retrocedieron. Y amaneció y atardeció el día primero. Y el día segundo Dios me puso a prueba y permitió que el demonio me tentara ofreciéndome amigos y amantes y otros despilfarros.

Y dije: «Dejad que el petróleo venga hacia mí.» Y fundé la Standard Oil. Y vi que estaba bien y amaneció y atardeció el día tercero. Y el día cuarto seguí el ejemplo de Dios. Como Él, amenacé y maldije a quien me negara obediencia; y como Él apliqué la extorsión y el castigo. Como Dios ha aplastado a sus competidores, así yo pulvericé sin piedad a mis rivales de Pittsburgh y Filadelfia. Y a los arrepentidos prometí perdón y paz eterna.

Y puse fin al desorden del Universo. Y donde había caos, hice organización. Y en escala jamás conocida calculé costos, impuse precios y conquisté mercados. Y distribuí la fuerza de millones de brazos para que nunca más se derrochara tiempo, ni energía, ni materia. Y desterré la casualidad y la suerte de la historia de los hombres. Y en el espacio por mí creado no reservé lugar alguno a los débiles ni a los ineficaces. Y amaneció y atardeció el día quinto. Y por dar nombre a mi obra inauguré la palabra trust. Y vi que estaba bien. Y comprobé que giraba el mundo alrededor de mis ojos vigilantes, mientras amanecía y atardecía el día sexto.

Y el día séptimo hice caridad. Sumé el dinero que Dios me había dado por haber continuado Su obra perfecta y doné a los pobres veinticinco centavos. Y entonces descansé.

Último fulgor de los turbantes

     La morería estalló. Contra las prohibiciones, se alzaron los hijos de Mahoma que todavía quedaban en tierras de Andalucía.

Pasó más de un año y los soldados de Cristo no conseguían apagar esos fuegos, hasta que recibieron, como en tiempos de las Cruzadas, una ayudita decisiva: se les otorgó derecho al botín, saqueos libres de impuestos y esclavitud de los prisioneros.

Las fuerzas del orden se apoderaron de las cosechas de trigo y cebada, las almendras, las vacas, las ovejas, las sedas, los oros, las ropas, los collares, las niñas y las señoras. Y vendieron en remate público a los hombres que habían

cazado.

 

                                 Botincito

     Lord Elgin, que ordenó la quemazón del palacio imperial, llegó a Pekín en brazos de ocho portadores, vestidos con libreas de color escarlata, y escoltado por cuatrocientos jinetes. Este lord Elgin, hijo del lord Elgin que había vendido al British Museum las esculturas del Partenón, donó al British Museum toda la biblioteca del palacio, que para eso había sido salvada del saqueo y del incendio. Y al poco tiempo otro palacio, el Buckingham Palace, ofreció a la reina Victoria el cetro de oro y jade del rey vencido y el primer perrito pekinés que viajó a Europa. El perrito también era parte del botín. Lo habían bautizado Lootie, Botincito.

China fue obligada a pagar una inmensa indemnización a sus verdugos, por lo costosa que había resultado su incorporación a la comunidad de las naciones civilizadas, y al poco tiempo se convirtió en el principal mercado del opio y en el mayor comprador de telas inglesas de Lancashire.

A principios del siglo diecinueve, los talleres chinos producían un tercio de toda la industria mundial. A fines del siglo diecinueve, producían el seis por ciento.

Por entonces, China fue invadida por Japón. No resultó difícil. Era una nación dopada y humillada y arruinada.

                Fundación de dos países

     Dicen que Churchill dijo:

—Jordania fue una idea que se me ocurrió en primavera, a eso de las cuatro y media de la tarde.

El hecho es que en el mes de marzo de 1921, en apenas tres días, el ministro de Colonias Winston Churchill y sus cuarenta asesores inventaron un nuevo

mapa del Medio Oriente, crearon dos países, los bautizaron, designaron a sus monarcas y dibujaron sus fronteras con un dedo en la arena. Y fue llamada Irak, la tierra abrazada por los ríos Tigris y Éufrates, el barro de los primeros libros, y se llamó Jordania el nuevo país amputado de Palestina.

Era urgente que las colonias cambiaran de nombre y fueran, o parecieran, reinos árabes. Y era urgente, también, dividir esas colonias, romperlas: la memoria imperial lo había enseñado así.

Mientras Francia inventaba el Líbano, Churchill otorgó a Feisal, el príncipe errante, la corona de Irak; y un plebiscito lo ratificó, sospechoso entusiasmo, con un noventa y seis por ciento de aprobación. Su hermano, el príncipe Abdullah, fue rey de Jordania. Ambos monarcas pertenecían a una familia incorporada al presupuesto británico, por recomendación de Lawrence de Arabia.

Los fabricantes de países firmaron las partidas de nacimiento de Irak y de Jordania en el hotel Semíramis, en El Cairo, y se marcharon a dar un paseo entre las pirámides.

Churchill se cayó del camello y se lastimó una mano.

Afortunadamente, la herida fue leve: el artista que Churchill más admiraba pudo seguir pintando paisajes.

 

  Moría una guerra, otras guerras nacían

     El 28 de abril de 1945, mientras Mussolini se balanceaba, colgado boca abajo, en una plaza de Milán, Hitler estaba acorralado en su bunker de Berlín.

La ciudad ardía en llamas y las bombas estallaban cerquita, pero él golpeaba el escritorio con el puño y gritaba órdenes para nadie, con un dedo en el mapa mandaba desplegar tropas que no existían y por un teléfono que no funcionaba convocaba a sus generales muertos o fugados.

El 30 de abril, Hitler se pegó un balazo, cuando ya la bandera soviética flameaba en las alturas del Reichstag; y en la noche del 7 de mayo, Alemania se rindió.

El 8, desde muy temprano en la mañana, las multitudes inundaron las calles de las ciudades del mundo. Era el fin de la pesadilla universal, al cabo de seis años y cincuenta y cinco millones de muertos.

También Argelia fue una fiesta. Muchos soldados argelinos habían dado la vida por la libertad, la libertad de Francia, en las dos guerras mundiales.

En la ciudad de Sétif, en plena celebración se alzó, entre las banderas

triunfantes, la bandera prohibida por el poder colonial. La enseña verdiblanca, símbolo nacional de Argelia, fue aclamada por la manifestación, y un muchacho argelino llamado Saâl Bouzid cayó, envuelto en ella, acribillado a balazos. La ráfaga lo mató por la espalda.

Y estalló la furia.

En Argelia y en Vietnam y en todas partes.

El fin de la guerra mundial estaba alumbrando el alzamiento de las colonias. Los súbditos, que habían sido carne de cañón en las trincheras europeas, se levantaban contra sus amos.

1867

Querétaro

       Maximiliano

El ejército de Juárez y las mil guerrillas del pueblo mexicano corren a los franceses. Maximiliano, el emperador, se desploma en el barro gritando que viva México.

Al final, Napoleón III le había quitado el ejército, el papa le odiaba y los conservadores le llamaban Empeorador. Napoleón le había ordenado administrar la nueva colonia francesa, pero Maximiliano no obedecía. El papa esperaba la devolución de sus bienes terrenales, y los conservadores creían que iba a exorcizar a México del demonio liberal, pero Maximiliano, en plena guerra contra Juárez, dictaba leyes iguales a las de Juárez.

Un carruaje negro llega a Querétaro bajo la lluvia. El presidente Juárez, el vencedor de los intrusos, se asoma al ataúd abierto y sin flores, donde yace el príncipe de lánguidos ojos azules que gustaba pasear por la alameda vestido de charro, con sombrerote y lentejuelas.

 Eduardo Galeano

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Un peatón que camina entre metáforas, código, sueños...convencido de que un paso, hace la diferencia al andar. Lo que nos resta de Patria, debemos defenderla! Para dejarle algo de sustancia de ella a nuestros hijos, algo de su esencia que nosotros disfrutamos un día a carcajadas...
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