Dos cuentitos cortos del Rey Español…

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1699
Madrid
El Hechizado

Aunque no ha sido anunciada por el heraldo trompetero, por las calles de Madrid vuela la noticia. Los inquisidores han descubierto a la culpable del embrujo del rey Carlos. La hechicera Isabel será quemada viva en la plaza Mayor.
Toda España rezaba por Carlos II. Al despertar, el monarca bebía su pócima de polvo de víbora, infalible para dar fuerzas, pero en vano: el pene seguía embobado, incapaz de hacer hijos, y por la boca del rey continuaban saliendo babas y aliento inmundo y ni una palabra que valiera la pena.
El maleficio no venía de cierta taza de chocolate con polvos de testículos de ahorcado, como habían dicho las brujas de Cangas, ni del propio talismán que el rey llevaba colgado al cuello, como creyó el exorcista fray Mauro. Hubo quien dijo que el monarca había sido hechizado por su madre, con tabaco de América o pastillas de benjuí; y hasta se rumoreó que el maestresala, el duque de Castellflorit, había servido a la mesa real un jamón mechado con uñas de mujer mora o judía quemada por la Inquisición.
Los inquisidores han encontrado, por fin, el revoltijo de agujas, horquillas, carozos de cereza y rubios cabellos de Su Majestad, que la hechicera Isabel había escondido cerquita de la alcoba real.
Cuelga la nariz, cuelga el labio, cuelga el mentón; pero ahora que el rey ha sido desembrujado, parece que los ojos se le han encendido un poquito. Un enano alza el cirio, para que contemple el retrato que hace años le pintó Carreño.
Mientras tanto, fuera de palacio faltan el pan y la carne, el pescado y el vino, como si fuera Madrid una ciudad sitiada.

1700
Madrid
Penumbra de otoño

Nunca pudo vestirse solo, ni leer de corrido, ni pararse por su cuenta. A los cuarenta años, es un viejito sin herederos, que agoniza rodeado de confesores, exorcistas, cortesanos y embajadores que disputan el trono.
Los médicos, vencidos, le han quitado de encima las palomas recién muertas y las entrañas de cordero. Las sanguijuelas ya no cubren su cuerpo. No le dan de beber aguardiente ni el agua de la vida traída de Málaga, porque sólo resta esperar la convulsión que lo arrancará del mundo. A la luz de los hachones, un Cristo ensangrentado asiste, desde la cabecera de la cama, a la ceremonia final. El cardenal salpica agua bendita con el hisopo. La alcoba huele a cera, a incienso, a mugre. El viento golpea los postigos del palacio, mal atados con cordeles.
Lo llevarán al pudridero de El Escorial, donde lo espera, desde hace años, la urna de mármol que lleva su nombre. Ése era su viaje preferido, pero hace tiempo que no visita su propia tumba ni asoma la nariz a la calle. Está Madrid lleno de baches y basuras y vagabundos armados; y los soldados, que malviven de la sopa boba de los conventos, no se molestan en defender al rey. Las últimas veces que se atrevió a salir, las lavanderas del Manzanares y los muchachos de la calle persiguieron el carruaje y lo acribillaron a insultos y pedradas.
Carlos I I , rojos los ojos saltones, tiembla y delira. Él es un pedacito de carne amarilla que huye entre las sábanas, mientras huye también el siglo y acaba, así, la dinastía que hizo la conquista de América.

Memorias de Fuego
Eduardo Galeano

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Acerca de tapanco

Un peatón que camina entre metáforas, código, sueños...convencido de que un paso, hace la diferencia al andar. Lo que nos resta de Patria, debemos defenderla! Para dejarle algo de sustancia de ella a nuestros hijos, algo de su esencia que nosotros disfrutamos un día a carcajadas...
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